Vaya escándalo insonoro

Ruiditos caen y vienen, chocan y estallan, rompen y miran, atrapan y mojan la árida mirada del espectador que sosegado me incita intranquilidad. Por segundos que embauca en su mar salpicado de oscuridad pero siempre coloreado. A veces, es lo único que observo o dejo de observar por pena a perder la escena que atraviesa el pueblo en ruinas de soberbia. Palpita la llama de la incertidumbre y sombreo con lápices desgastados un cielo oscurecido por la angustia desorbitada y calmante que nos hace agitar o tranquilizar nuestro deseo de sol. Vaciamos de mensajes nuestra mano derecha con el fin de dormirla y abandonar su impaciencia. Llamamos al pequeño castor que acomoda cada ápice de madera en nuestra buhardilla ya cargada de olores salidos de nuestro cerebro en llamas o tal vez helado por el iceberg que un día nos trajo el desdén.  Oigo jaulas vacantes y sin alimento en su interior, temiendo regresar a su ya dolorosa tarea. Los árboles no sacuden sus hojas, sino que, agitan su savia y la esparcen como símbolo de rebeldía, sin calma, sin dolor. Los hogares, más indecentes que nunca, acogen fieras solitarias, fieras al acecho. Y con tanto silencio siento la inspiración sin alas ni patas que la alcen y con piel de gusano que le permite revolcarse y huir de mi piel, o de lo que queda de ella o de lo que queda de mí en ella. Imaginando puentes levadizos quebrados o montañas nevadas en el mes de agosto. El sol se aleja más que nunca y deseamos que nos invada con su terrible luminosidad para quemar nuestras deficiencias y nuestra piel rellenada de complejos artificiosos pero abrumadores, que un día definieron nuestra condición. Afuera ya no hay paz, a pesar de que, el silencio se alce por el poniente. Permanecemos con orgullo y asomados por la cristalera, aquella fina tela que manipula a los insectos en su intento de generar crías más hábiles o más terribles. Las plantas que me observan encerradas en mi interior también han modificado su estancia para crecer y buscar la salida del conducto maldito. Todos los organismos pequeños y grandes prefieren vivir atados y maniatados a mesas, trabajando para alimentar bocas. Cada día más gotas me llegan en forma de mensajes y cartas provenientes de quién sabe. Gotas que llaman a mi ventana pero a las que omito por miedo a que inunden mi suelo sucio ya del desorden habitual. Miedo a que me mojen las hojas que contienen gratitud o pedantería. No dejan de llegar otras muchas y me siento tan observada como admirada por ellas, las notas del piano que solitario suena sin que nadie acciones sus teclas, las canciones que retumban por las paredes sin que nadie esté cantando. Pronto volveremos a ser hojas o ramas móviles volando por los embrollos que abundan y recorren los caminos. Me acurruco en el regazo de la soledad sin sentir el calor más inmenso del hogar. Me abanica la duda a su antojo y me rebozo por la habitación con el fin de conocer lo que un día olvidé. Paso segundos palpando y toquiteando lo que asemeja en mí curiosidad.
La mirada de la que hablaba antes sigue husmeando todo lo que alcanza y me atrapa hasta que desaparezco, dejando atrás el más bello rastro colorido en el horizonte. Impresiona a su paso al ladrón encargado de saquear todo pensamiento cuerdo y también al empresario robusto plagado de riqueza en su destartalado sillón. Asombra a bestias que no duermen pero sí sueñan, sueñan con llegar al mar que desencadenará su inmortalidad. Además, te impresiona a ti.

Añado fotos olvidadas encontradas por mi galería para representar la belleza de la naturaleza y de sus frutos así como para entretener vuestras mentes (no son bellas fotos porque la fotografía no es uno de mis fuertes, pero aún así me encantan por el mensaje de excepcionalidad). Una de ellas de Finlandia, país que me cautivó.


Saray Peñarrubia Plaza.











 

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