Escuchando al arte y sus sentimientos
La
frescura intensa aflora de este cuadro con una simple mirada fugaz y
sin apenas detenimiento. Las formas escogidas con sumo cuidado recrean
una obra perfecta y detallada que simboliza, una vez más, el poder de la
pintura abstracta. La subjetividad que evoca es imprescindible y
necesaria a la hora de observar y describir una obra de arte. Es
inevitable el recuerdo lozano que me embarca en el camino de la lectura,
el gran camino. El viaje sin destino y sin fin que te colorea la senda
conforme tus pies van accionando pequeños pasos sin importancia pero
decisivos. La lectura también es abstracta. Abstracta la pintura.
Pintura y lectura.
¿Por
qué lectura? Porque la lectura es un sueño con ojos como platos. Porque
también es plácida. Porque es un arte. Y, sobre todo, porque no está
definida ni delimitada, está abierta a nuestra creatividad como este
cuadro.
Los
colores nos hacen vivir más emocionalmente, pensar, imaginar y
fantasear. Nos hacen ser nosotros mismos pero con pinceladas de locura.
Nos despiertan día a día y nos abalanzan hacia el edén. Estos, variados y
con numerosas tonalidades me someten a la tentación del placer visual.
Resulta plácido vislumbrar formas desconocidas pero tentadoras.
Veo
libros, varios libros. Libros abiertos y con ganas de ser escuchados.
Libros que no cesan su lucha, libros revolucionarios. Libros malditos,
prohibidos y asqueados. Libros perdidos, aburridos y viejos. Libros
asolados y con tantas alas que se chocan con todo lo que les rodea.
Libros, libros y más libros. Intuyo calor frío, emociones disparatadas y
ganas de vivir.
Veo
la noche por una pequeña ventanita del faro que alumbra al marinero en
la mar que es principio y destino. Las estrellas no quieren dejar de
parpadear porque están enamorando a los pececillos. La mar tranquila
pero no callada, ruge y exige que es la mar. El cielo está tan negro que
el petróleo parecería una margarita a su lado. La luna no está
dispuesta a asomar su gran cabeza porque dice que no le gusta lo que ve,
que está cansada. La tenemos harta.
Es
maravilloso el observarlo durante tanto tiempo que no sepas dónde
estás, cuánto tiempo llevas ahí y por qué te decidiste a mirar cuadros
de Kandinsky y no de Dalí como hacen otros. En especial este,
Composición X, porque es muy intenso.
Ahora
deja de evocarme a la lectura para convertirse en un oasis en el pleno
desierto. Tan acuoso como la citada agua del mar pero no tan salado. Es
dulce pero no sabor tarta, sabor agridulce. Saboreo, saboreo y más hasta
que deja de tener sabor como el chicle insaboro que acaba en la basura.
Pero este no llega nunca a la basura porque es arte. Arte para los que
apreciamos el arte. “Esto lo hago yo” para ineptos que un día se cayeron
del árbol y están curándose de su traumatismo. Sin duda el talento de
Kandinsky eran tan tan descomunal que con cada carcajada se le
desparramaba por la habitación.
En
la cima de la montaña multicolor es posible ver un tiovivo con forma de
sombrero en el que se divierten miles de colores. Les hace sentirse con
personalidad y recuerdan que un día fueron piezas claves.
A
la izquierda, un manuscrito marrón que impone las bases del arte, los
fundamentos y las reglas básicas que todos olvidan y burladas a escasos
centímetros. Hay libertad, libertad que ansiamos y no tenemos. Libertad
que únicamente vemos reflejada en un cuadro. Salimos a por ella y
corremos tanto que la fatiga nos arrolla con sus brazos. Es imposible
alcanzarla, desistimos. La olvidamos.
Este
cuadro para mí es lectura, paisaje de playa, oasis, tiovivo, reglas
rotas, libertad, pero sobre todo, es un mundo alcanzable por pocos.
Pd: comentario valorativo y reflexivo que hice para lengua hace unos meses.
Saray Peñarrubia Plaza
COMPOSICIÓN X, KANDINSKY

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